Le paradoxes de les majories polítiques.

Alexis de Tocqueville
Mi experiencia como articulista y conferenciante me enseña que hay cuestiones que se resisten a la discusión razonable, que pertenecen a dos ámbitos: el de la política y el de la religión.

Cuando el debate es estéril es porque está mal planteado, porque discurre desde "ismos" o dogmas intocables. En tal caso, las posiciones que optan por la moderación y las terceras vías, las que rehuyen las opiniones extremas, carecen de atractivo y no son escuchadas. Si entre Rajoy y Mas ha sido hasta ahora inútil el intento de negociar es porque la postura de uno —la Constitución no se toca— y la del otro —la independencia es la única vía— son actos de fe, resistentes a la flexibilidad y a los matices. (...)

De la imposibilidad de acercar posiciones a partir del diálogo, que no es otra cosa que aportar razones a favor o en contra de una cuestión conflictiva (el término catalánenraonar daría perfecta cuenta de tal sentido), deriva el hecho de que la solución democrática tenga que ser la regla de la mayoría. Negociar se vuelve insólito cuando pocos políticos son de verdad estadistas, personajes con visión de Estado y no con perspectivas de alcance corto. La regla de la mayoría como solución a los conflictos es un fracaso de aquello más específicamente humano, que es la razón, el logos, el lenguaje. Cuando los acuerdos son imposibles porque nadie quiere hablar, lo que se impone es la cantidad, el número de opiniones a favor o en contra de lo que se trata de decidir. Votar es renunciar al acuerdo.

Tocqueville, que fue uno de los grandes teóricos de la democracia moderna, alertó de la paradoja que encierra la regla de la mayoría, una fórmula por la que “la opinión común se convierte en una especie de religión cuyo profeta es la mayoría”. Es cierto que al confiar en la opinión del mayor número, se está renunciando a dictados aristocráticos. El supuesto de que la mayoría tiene razón radica en la creencia ilustrada de que el individuo es capaz de pensar por sí mismo y de que lo que muchos piensan es más susceptible de no ser erróneo que lo que piensan unos pocos. Ahora bien, ello no impide —y ahí está la paradoja— que esa opinión masiva, al manifestarse, acabe arrastrando toda traza de pensamiento autónomo y se imponga como un nuevo despotismo.

Victòria Camps, El debate imposible, El País, 25/11/2014

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