La neurociència és tendència.


Los seres humanos tenemos una imperiosa necesidad de hacer que el mundo adquiera sentido. Esta fue una de las claves (ciertamente no la única) y funciones del surgimiento de las religiones. En las culturas no teístas los espíritus son los agentes causales: las enfermedades las causan “espíritus malignos” que entran en el cuerpo, los cambios en el tiempo atmosférico son cosa de los espíritus del viento o de la lluvia. En las religiones teístas son los dioses (únicos, trinos o una pluralidad de ellos) los responsables últimos de todo lo que ocurre. Incluso si no causan directamente los acontecimientos, si la gente enferma, tiene accidentes, muere o se queda embarazada es por la “voluntad de Dios”.

Hoy día muchas personas (ciertamente no la mayoría) han sustituido estas explicaciones divinas por las explicaciones que proporciona la ciencia. Hoy día, para quien lo quiera ver, poseemos una comprensión mucho más racional de cómo funciona el mundo, lo que es probablemente la causa de que la religión no ocupe el papel preeminente que solía en la mayoría de las culturas de los países desarrollados.

Sin embargo, ese ansia de dar sentido al mundo nos juega malas pasadas y tendemos a atribuir a los resultados científicos unas certidumbres que, simplemente, no existen. No es extraño leer o escuchar como, a partir de “un estudio”, se construyen una serie de conexiones que no existen con objeto de encontrar un sentido general. Dicho de otro modo, existe una necesidad cuasi-religiosa de construir unaestructura explicativa, que a menudo infla y distorsiona los hechos. Esta necesidad parece ser especialmente perentoria para todo lo que se refiera al ser humano y su comportamiento.

Del mantra genético…



Hasta hace bien poco todo se explicaba con los genes. En el año 2000 los especialistas en genética porfiaban por concluir lo que se llamó “Proyecto Genoma Humano”, con la esperanza puesta en que los genes encerraban todo el espectro de la experiencia humana; muchas veces aparecían referencias al genoma como “el libro de la vida”. La esperanza, de nuevo, era que esto llevaría a una revolución en nuestra comprensión de todo lo humano: desde las enfermedades a la consciencia. Eran los años de “el gen para”, cuando se asumía que había una explicación genética para todo. Eran los genes los que hacían que una persona fuese alta, homosexual, religiosa, psicópata, inteligente, depresiva, etc.

Hoy, más de una década después de completar el proyecto, ¿se han cumplido las expectativas? Ciertamente no. Proporcionó más preguntas que respuestas; y el auge de la investigación epigenética ha venido además a complicar las respuestas a esas nuevas preguntas.

Se encontró que los humanos tenemos del orden de 23.000 genes, muchos menos de lo que se esperaba, por lo pronto la mitad que un tomate. El mapa genético no mostraba claramente qué hace que los humanos seamos diferentes de otros animales, como los chimpancés, por ejemplo. Después se supo también que la altura, por ejemplo, es un rasgo mucho menos heredable de lo que se suponía. De hecho, un resultado general del proyecto es que no existen “genes para”. Una de las grandes decepciones viene de la constatación de que la mayoría de las enfermedades comunes no tienen una base genética, por lo que los beneficios médicos del proyecto serán mucho menores de los esperados. Admítanlo o no los profesionales del asunto, el Proyecto Genoma Humano sumió a la genética humana en una profunda crisis, en el sentido etimológico del término.

… a la neurociencia omnipotente…

 
Actividad encefálica en un salmón muerto detectada por fMRI

Pero la necesidad humana de encontrar estructuras explicativas sigue estando ahí. Como resultado el énfasis ha pasado del genoma al encéfalo. La neurociencia es tendencia y la genética es “tan de los noventa”: ahora los genes ya no son los responsables de todo sino los circuitos neuronales.

Todos los días aparecen noticias de neurociencia, como antes lo hacían de genética, en las que se identifica una actividad encefálica (general o de una o varias áreas) con lo que sea menester. Terrorismo, creatividad, apreciación estética, libre albedrío, afiliación política y prácticamente lo que se quiera (incluso estar muerto). Al igual que ocurría con los genes, la lógica perversa es: como este patrón de actividad encefálica en concreto causa la depresión (o lo falta de concentración, o la hiperactividad, etc.), en teoría podemos curar a los depresivos sencillamente alterando estos patrones, ya sea con cirugía, con fármacos o con métodos no invasivos. Esta lógica ha hecho proliferar el mercado de estas intervenciones, en la mayoría de las ocasiones con poca o ninguna base científica, no digamos ya clínica.

Pero tal y como ocurrió con los genes hay muchos problemas para explicar la experiencia humana en términos de actividad encefálica. Para empezar algo que conviene recordar continuamente: correlación no implica causalidad. Solo porque ciertas partes del encéfalo se activen más cuando leo un poema o aprecio la belleza de una ecuación matemática, ello no implica que la actividad encefálica sea responsable del sentido de la belleza o de la capacidad de abstracción que experimento. No existe nada que me impida afirmar que es la experiencia la que causa la actividad encefálica.

Llevando el razonamiento al extremo, y por mucho que un servidor esté convencido de que es así, estrictamente hablando el que la actividad cerebral produzca cualquier tipo de experiencia subjetiva es una suposición. No me estoy refiriendo a que la manipulación física o farmacológica pueda hacer que yo perciba algo que no exista, o lo perciba de forma diferente. Me refiero a lo que se llama el problema difícil de la consciencia: cómo una masa de tejido de kilo y medio es capaz de crear un yo. Asumimos que esto ocurre, pero no existe una explicación científica realmente adecuada, tan solo aproximaciones al aspecto que podría tener esa explicación.

Después está la cuestión metodológica. Existen muchos problemas de índole puramente práctica para identificar las actividades neurológicas asociadas a diferentes características de comportamiento. La mayoría de la información que se obtiene de los procesos encefálicos se basa en una tecnología de escaneado; las imágenes por resonancia magnética funcional (fMRI) son especialmente populares. Ocurre que, en lo que se refiere a actividad encefálica, la fMRI arroja datos mucho menos definidos y concretos, fiables en definitiva, de lo que nos gustaría. Uno de los problemas es que no mide directamente la actividad encefálica sino incrementos en el flujo de sangre. ¿Y si existe actividad encefálica relevante para lo que se estudia que no necesita un incremento en el flujo de sangre? Por ejemplo, asumiendo que los encéfalos de las personas inteligentes sean más eficientes, sus patrones de flujo sanguíneo podrían ser perfectamente diferentes a los de personas de inteligencia promedio a la hora de enfrentarse a determinada tarea.

El uso de fMRI y su popularización en las noticias nos hace olvidar a menudo que la actividad encefálica está normalmente ampliamente distribuida, que depende de redes diferentes que interconectan el conjunto del encéfalo. Digámoslo claramente, raya el absurdo señalar una sola área encefálica (o un pequeño grupo de ellas) como la responsable exclusiva de una determinada emoción o un comportamiento concreto. En este aspecto, los resultados de los electroencefalogramas, mucho menos espectaculares y llamativos para el gran público, son más representativos del funcionamiento del encéfalo en conjunto.

A todo lo anterior hay que añadir que para detectar las actividades encefálicas inusuales lo primero sería determinar la actividad en reposo de un número significativo de personas y extraer de ahí una pauta de comportamiento estándar. Suponiendo que esto existiese, que no, para estudiar cualquier patrón de actividad con algo de significación estadística habría que estudiar a un número mucho mayor de sujetos del que se suele hacer en cualquiera de estos estudios. Por si no fuese suficiente las conclusiones que se extrajesen podrían ser de difícil aplicación a una persona en concreto más allá de generalidades, habida cuenta de las diferencias tan enormes (en términos relativos) existentes entre los encéfalos humanos.

Finalmente, y no menos importante, están los sesgos de los investigadores. Este aspecto es importante en cualquier rama de la ciencia, pero en neurociencia es crítico. Los escáneres necesitan tal nivel de interpretación que es muy fácil para los investigadores (sin ningún tipo de mala intención y muchas veces inconscientemente) caer en la tentación de ver lo que favorece su hipótesis (se han hecho experimentos de enviar el mismo conjunto de imágenes a diferentes grupos de investigadores y cada uno ha visto algo diferente).

En resumen, los cimientos de buena parte de la neurociencia funcional no son tan sólidos como nos gustaría. Sin embargo, algunos periodistas y público en general abrazan la neurociencia como su nueva religión; creando estructuras explicativas donde no existen más que datos preliminares y provisionales.

…para quedarnos con la incertidumbre.



Aunque, sumergidos como estamos en esta ola de religión neurocientífica, nos cueste siquiera concebir que esto sea así, es muy posible que con la neurociencia termine pasando lo mismo que con la genética pura y dura. Al final habrá la necesidad de buscar una nueva fuente de seguridad y certeza porque la neurociencia, como el resto de las ciencias, nos hablará de posibilidades, de probabilidades a lo sumo, nunca de certezas. De nuevo nos encontraremos con la complejidad, con el caos.

Quizás, llegados a este punto, sea necesario preguntarse para qué esta necesidad de certezas, esta necesidad de crear estructuras explicativas rayanas con lo religioso en un mundo gobernado por lo que percibimos como aleatoriedad ciega. Seríamos más felices, y perderíamos menos tiempo (y dinero) en engañifas y supercherías, si aceptásemos que hay cosas que nunca llegaremos a entender del todo, bien porque se salen del ámbito de lo que la ciencia puede responder (¿por qué existe algo en vez de nada?), bien porque la ciencia solo puede hablar de correlaciones y probabilidades. Esa aceptación implica que hay huecos en lo que consideraríamos una comprensión completa; también que no hay necesidad de llenarlos.

César Tomé López, La neurociencia como religión, Cuaderno de Cultura Científica, 14/11/2014

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