Matemàtiques, un cos de coneixement amb vida pròpia?
“La irrazonable eficacia de las matemáticas”, lo ha llamado Mario Livio, uno de los astrofísicos que controlan el telescopio espacial Hubble desde el campus de Baltimore de la Universidad Johns Hopkins. Los físicos, y desde luego los matemáticos, llevan cuatro siglos admirados por la “irrazonable eficacia de las matemáticas”, no ya para describir los mecanismos de la naturaleza con precisión, sino para comprenderlos en toda su profundidad, para capturar su esencia y predecir sus operaciones venideras.
Fue Galileo quien primero percibió que la naturaleza habla en el
lenguaje de las matemáticas: que sin las matemáticas no hay comprensión
verdadera de los procesos prolijos y aparentemente contradictorios del
mundo. Y fue un matemático genial, Isaac Newton,
quien recogió ese guante y formuló la primera combinación de ecuaciones
para describir —o mejor, para comprender en profundidad— el movimiento
de los objetos bajo la acción de las fuerzas, y la esencia geométrica
que tienen en común la caída de una manzana, la órbita de la Luna y los
movimientos caprichosos de los planetas en el cielo crepuscular. Fue la
primera de las grandes unificaciones de la ciencia, y la que marcó el
camino para el resto.
Newton, al menos, tuvo que inventar las matemáticas adecuadas para
describir el movimiento de los objetos y la gravedad del Sol y la
Tierra: el cálculo diferencial, una rama de las matemáticas que trata
con las cosas que varían en el tiempo, como el movimiento de Marte a lo
largo de su órbita elíptica. Pero también es cierto que el cálculo
diferencial fue inventado por Leibniz de forma independiente y
simultánea, y sin que su motivación fuera entender la astronomía de la
época ni las leyes del movimiento. Desde tiempos de los griegos —y
antes— las matemáticas han narrado una historia de progreso gradual o
acumulativo, y puede interpretarse que el conocimiento matemático estaba
maduro en tiempos de Newton para el desarrollo del cálculo diferencial.
En todo caso, muchos matemáticos, tal vez la mayoría, tienden a ver su disciplina como un cuerpo de conocimiento con vida propia,
una especie de organismo virtual que, si es tratado con disciplina
intelectual e inteligencia creativa —pocas lo son tanto como la
inteligencia de los matemáticos, pese a la torpe y paupérrima percepción
general—, produce verdaderos avances en el conocimiento del mundo,
avances que no podrían derivarse de la simple observación del mundo
natural, o que solo lo serían tras largos y tortuosos laberintos
aplastados por masas de datos que nadie sabe cómo interpretar durante
décadas o siglos.
La historia de la ciencia ofrece muchos ejemplos de este tipo, pero es improbable que haya uno mejor que el de Einstein.
Poco después de formular en 1905 la relatividad especial —el espacio y
el tiempo se pueden contraer o estirar, la velocidad de la luz es una
constante de la naturaleza, E=mc2—, Einstein dio con la clave física
para generalizar su teoría: mientras una persona se precipita al espacio
en caída libre, no siente su aceleración. El término técnico para esta
percepción se llama principio de equivalencia, y dice que estar sometido
a una aceleración, por ejemplo en un ascensor, es físicamente
equivalente estar sometido a la gravedad, por ejemplo la de la Tierra.
Einstein sabía que en esa simple idea se hallaba el germen de lo que
10 años después se convertiría en su mayor aportación a la ciencia: la
relatividad general, la gran teoría actual sobre el tiempo, el espacio y
la gravedad, la teoría que obligó a corregir a Newton y el fundamento
de la cosmología moderna. Pero Einstein, en 1906, no conocía las
matemáticas necesarias para formalizar ese problema monumental. Tuvo que
ser su amigo Marcel Grossman, el mejor matemático de su clase, quien le
señalara el camino: las innovadoras geometrías que un genio matemático,
el discípulo de Gauss Bernhard Riemann, había desarrollado 60 años
antes sin saber nada del espaciotiempo relativista.
¿Matemáticas con vida propia? El lector juzgará. Y el contraste con la realidad tendrá siempre la última palabra.
Javier Sampedro, La irrazonable eficacia de las matemáticas, El País, 03/11/2013
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