Pot l'ésser humà crear objectes conscients?
¿Puede el ser humano crear algo verdaderamente vivo a partir de la materia inanimada? ¿Es posible franquear esa frontera que durante milenios hemos considerado infranqueable entre los objetos y los organismos?
La aspiración no es nueva. Mucho antes de que existieran los ordenadores, la humanidad imaginó la posibilidad de fabricar seres capaces de moverse, sentir y actuar por sí mismos.
Uno de los testimonios más hermosos de ese deseo es el mito de Pigmalión, recogido por Ovidio en el libro X de las Metamorfosis. El escultor, decepcionado de las mujeres reales, crea una figura femenina de marfil tan perfecta que termina enamorándose de ella. La contempla, la acaricia, la besa y desea que deje de ser una estatua. Venus escucha sus súplicas y concede vida a la figura. El marfil se ablanda bajo sus dedos, el cuerpo adquiere calor y la creación se transforma en una mujer.
El mito contiene una intuición que reaparece una y otra vez en la historia de nuestra cultura: el deseo de que la obra humana supere su condición de objeto y adquiera una existencia independiente de su creador. Pero también encierra una pregunta inquietante. ¿En qué momento deja la estatua de ser materia inerte y se convierte en un ser vivo? ¿Cuándo comienza a moverse? ¿Cuándo adquiere sensibilidad? ¿Cuándo reconoce a Pigmalión? ¿O cuándo empieza a experimentar deseos que ya no dependen de los de su creador?
La tradición del gólem, los autómatas mecánicos de la Edad Moderna y los hombres artificiales imaginados por la alquimia expresan, con lenguajes diferentes, una misma aspiración. Durante el siglo XVIII los asombrosos autómatas de Jacques de Vaucanson, entre ellos su famoso pato mecánico, mostraron hasta qué punto era posible reproducir mediante mecanismos artificiales determinadas funciones de los seres vivos. La frontera entre organismo y máquina comenzaba a parecer menos evidente.
La cuestión alcanzó una formulación particularmente sugestiva en L’Homme Machine (1747), de Julien Offray de La Mettrie. Si el ser humano es, en último término, una organización extraordinariamente compleja de materia, ¿por qué habríamos de considerar imposible que una organización artificial pudiera reproducir sus funciones? La Mettrie no disponía de nuestros conocimientos sobre el sistema nervioso, pero su materialismo planteaba una pregunta que sigue siendo pertinente: si la actividad mental depende de la organización de la materia, ¿qué impide que una organización distinta produzca fenómenos semejantes?
En 1818, Mary Shelley llevó esa aspiración a sus consecuencias más inquietantes con Frankenstein. Victor Frankenstein consigue dar vida a un cuerpo construido artificialmente, pero es incapaz de asumir la responsabilidad moral de su creación. Lo verdaderamente perturbador de la novela no es que la criatura esté viva, sino que sienta. Experimenta soledad, miedo, rechazo, deseo de compañía y sufrimiento. Aprende a hablar, reflexiona sobre su condición y termina reclamando a su creador una explicación de su existencia.
La criatura no se convierte en un problema moral porque sea fuerte o inteligente, sino porque es capaz de sufrir. La relación entre creador y criatura deja de ser puramente instrumental. El doctor Frankenstein ya no puede tratar a su criatura legítimamente como trataría un objeto cualquiera.
La vida surgió, en algún momento de la historia de nuestro planeta, a partir de materia que previamente no estaba viva. Desconocemos los procesos exactos de esa transición, aunque la investigación sobre el origen de la vida explora distintas rutas químicas plausibles. Si la materia ha producido vida al menos una vez, ¿por qué habríamos de descartar que el ser humano pueda reproducir artificialmente ese proceso?
La biología sintética ha demostrado que podemos intervenir profundamente en la organización de los seres vivos. Eso no significa que hayamos conseguido crear desde cero un organismo completamente nuevo a partir de componentes inertes, ni mucho menos que sepamos fabricar conciencia. Conviene distinguir tres problemas: crear vida, crear inteligencia y crear conciencia. Una bacteria está viva, pero no tenemos pruebas de que posea experiencia subjetiva. Un ordenador puede resolver problemas complejísimos sin que ello demuestre que esté vivo o que sienta. Y un animal puede experimentar sensaciones sin poseer las capacidades intelectuales humanas. Nada garantiza que vida, inteligencia y conciencia deban aparecer siempre juntas.
José Luis Madrigal, ¿Pueden las máquinas tener conciencia? De Pigmalión a la Inteligencia Artificial, fronterad 05/11/2026
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