El treball humà, més enllà de la tragèdia.
Cuanto más se invierte en sistemas, y sobre todo, cuantas más esperanzas se ponen en ellos, menos se invierte en capital humano; cuanta más tecnología se utiliza peor pagados, peor formados y peor considerados están los humanos. Esta regla de la gestión y de la tecnocracia actuales sirve para el accidente de Urda.
Sin embargo, son las personas las que supervisan los sistemas y los que asumen el control estos fallan. Así lo afirmó Puente. De manera que, cuanta más tecnología, más importante es el papel del ser humano, porque se convierte en el dique último frente a las disfunciones del sistema.
Esta contradicción es parte de la gestión actual. Conviene regresar a Harry Braverman y a los teóricos de la descualificación laboral para aprender algunas lecciones necesarias en esta época. La descomposición del trabajo en tareas muy sencillas y protocolariamente establecidas hacía que el ser humano se convirtiera en el apéndice de los sistemas y que funcionase como mano de obra fácilmente reemplazable y, por lo tanto, poco costosa. Ocurrió con las cadenas de montaje en la época de las grandes fábricas tayloristas, y ahora está sucediendo con los empleos que exigen conocimiento. Esta es parte de la revolución a la baja que está sufriendo el trabajo cualificado, también con la inteligencia artificial.
Más allá de la tragedia, y de sus causas y de sus responsabilidades, hemos de repensar el papel del humano en un mundo tecnológico. Y de cómo pierde relevancia simplemente para ahorrar costes o para incrementar beneficios, no porque sea prescindible. Al contrario.
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