Canvi conceptual induit per la prevalència.




Un grupo de científicos, liderados por el psicólogo Daniel Gilbert, ha probado la existencia de un mecanismo cerebral que nos impide captar la realidad con objetividad. Tiene un nombre pomposo —“cambio conceptual inducido por la prevalencia”—, pero implicaciones serias para la vida cotidiana. La idea es que, cuando la presencia de un problema (por ejemplo, la discriminación o la pobreza) se reduce, los humanos ampliamos su definición. Con lo que no sentimos la mejora.

En una serie de experimentos, Gilbert y sus coautores han mostrado que, a medida que un fenómeno se vuelve menos frecuente, incluimos en él más elementos. Por ejemplo, cuando los puntos azules empiezan a escasear en un papel, contamos como azules los puntos violetas. Cuando disminuyen las caras amenazantes en las ruedas de reconocimiento, comenzamos a evaluar los rostros neutros como amenazantes. O, cuando las propuestas poco éticas se tornan esporádicas, rechazamos iniciativas que antes habríamos calificado como éticamente correctas.

No tenemos constancia de que, como en Matrix, este dispositivo que deforma nuestra visión de la realidad haya sido implantado en nuestras mentes por robots. Los científicos intuyen que, más bien, es un engranaje evolutivo que cumplía una función en el amanecer de nuestra especie. 
Pero, en la actualidad, eleva el estrés social. Colectivamente, somos incapaces de dar carpetazo, o importancia relativa, a ninguna preocupación. Por ejemplo, hasta hace unos años, el término agresión se utilizaba para designar las invasiones o los ataques físicos no provocados. Pero, hoy en día, consideramos como agresiones comportamientos tan variados como no establecer suficiente contacto ocular con nuestro interlocutor, o preguntarle de dónde viene.
Cuando —o, mejor dicho, precisamente porque— este es el periodo de la historia donde las agresiones son menos habituales, nos sentimos más agredidos (y potencialmente agresores) que nunca. Algo similar sucede con conceptos que han ido ensanchándose durante las últimas décadas, como acoso, desorden mental, trauma, adicción o prejuicio.
Quizás es para bien. Pues la expansión de los problemas indica que somos socialmente más conscientes del sufrimiento ajeno. O quizás para mal. Pues también conlleva el vacuo ascenso de lo políticamente correcto. Los psicólogos son agnósticos sobre si este resorte mental es positivo o negativo.
Víctor Lapuente, Vivimos en Matrix, El País 05/09/2018

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