Els sacerdots de la religió del treball (Grup Krisis)

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4. Agudización y desmentido de la religión del trabajo

«El trabajo, por muy mammónico y vil que sea, está siempre en relación con la naturaleza. Ya el deseo de desempeñar un trabajo conduce cada vez más a la verdad y a las leyes y prescripciones de la naturaleza, las cuales son verdad.»
Thomas Carlyle, Trabajar y no desesperarse, 1843
El nuevo fanatismo del trabajo, con el que la sociedad reacciona a la muerte de su ídolo, es la continuación lógica y el capítulo final de una larga historia. Desde los días de la Reforma, todas las fuerzas pilares de la modernización occidental han predicado la santidad del trabajo. Sobre todo en los últimos 150 años, todas las teorías sociales y corrientes políticas han estado prácticamente poseídas por la idea del trabajo. Socialistas y conservadores, demócratas y fascistas se han combatido a muerte; pero a pesar de toda esta hostilidad mortal, han adorado siempre al ídolo trabajo. «Apartad a los holgazanes», dice el texto de «La Internacional» [en su versión alemana, N. del T.]; «el trabajo libera» resonaba atrozmente desde el portón de entrada de Auschwitz. Fueron las democracias plurales de posguerra las que apostarían de verdad a fondo por la dictadura perpetua del trabajo. Incluso la constitución de la católica Baviera adoctrina a los ciudadanos en un sentido completamente pegado a la tradición de Lutero. «El trabajo es la fuente del bienestar del pueblo y está bajo la especial protección del Estado». A finales del siglo XX prácticamente se han evaporado todos los antagonismos ideológicos. Sólo ha quedado el dogma común, inmisericorde, del trabajo como destino natural del ser humano.

Hoy en día la realidad misma de la sociedad del trabajo desmiente ese dogma. Los sacerdotes de la religión del trabajo siempre han predicado que el hombre, según su supuesta naturaleza, es un animal laborans. No se hace hombre hasta que, cual Prometeo, somete la materia natural a su voluntad y se realiza en sus productos. Este mito del conquistador del mundo y del demiurgo, con una misión que cumplir, siempre ha sido una burla al carácter del proceso moderno del trabajo, pero pretendía haber poseído un sustrato real en tiempos de los capitalistas-inventores de la talla de Siemens o Edison y sus plantillas de trabajadores especializados. Entretanto, este gesto se ha vuelto completamente absurdo.

Quien hoy en día se pregunte todavía por el contenido, el sentido y el fin de su trabajo, o se vuelve loco o en factor perturbador del funcionamiento autofinalista de la máquina social. El homo faber antes orgulloso de su trabajo que, a su manera torpe, se tomaba aún en serio lo que hacía, se ha quedado tan anticuado como una máquina de escribir mecánica. El molino tiene que seguir girando a cualquier precio, y con eso basta. Para la búsqueda de sentido están los departamentos de publicidad y ejércitos enteros de animadores y psicólogos de empresa, asesores de imagen y camellos. Pero cuando se parlotea continuamente de motivación y creatividad lo único seguro es que no queda nada de ninguna de las dos, a no ser como autoengaño. Por eso la capacidad de autosugestionarse, de venderse a sí mismo y la simulación de competencia figuran hoy en día entre las virtudes más importantes de directivos y especialistas, estrellas de los media y contables, maestros y vigilantes de aparcamientos.

Con la crisis de la sociedad del trabajo también ha quedado completamente en ridículo la afirmación de que el trabajo es una necesidad eterna, impuesta a los hombres por la naturaleza. Desde hace siglos se predica que hay que rendir culto al ídolo trabajo, aunque sólo sea porque las necesidades no se pueden satisfacer por sí mismas sin el esforzado quehacer humano. Y que la meta de todo el montaje del trabajo sería satisfacer las necesidades. Si esto fuera verdad, la crítica del trabajo tendría tan poco sentido como la crítica de la fuerza de la gravitación. ¿Pero cómo una «ley natural» de verdad iba a poder entrar en crisis o, incluso, desaparecer? A los portavoces del campo social trabajo –desde los locos del rendimiento neoliberales, devoradores de caviar, hasta los sindicalistas de barrigón cervecero– la pseudonaturaleza del trabajo les hace enfrentarse a dificultades argumentativas. ¿O cómo quieren, si no, explicar que tres cuartas partes de la humanidad se hundan en la necesidad y la miseria sólo porque el sistema de la sociedad del trabajo ya no necesita su trabajo?


No es ya la maldición del Antiguo Testamento –«comerás el fruto del sudor de tu frente»– la que pesa sobre los excluidos, sino una nueva perdición, esta sí inexorable: «no comerás, porque tu sudor no es necesario y es invendible». ¿Y se supone que esto es una ley natural? No es más que un principio social irracional, que se presenta como imperativo natural porque, durante siglos, ha destruido o ha sometido todas las demás formas de relación social, poniéndose a sí mismo como absoluto. Es la «ley natural» de una sociedad que se tiene por sumamente «racional», pero que en verdad sólo sigue la racionalidad finalista de su ídolo trabajo, a cuyas «exigencias circunstanciales» está dispuesta a sacrificar sus últimos restos de humanidad.

Grupo KrisisManifiesto contra el trabajo

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