Supongamos que la ciencia de verdad avanza que es una barbaridad y los médicos curan el envejecimiento y la muerte. Además de las advertencias de Williams, nos encontraríamos con una serie de problemas prácticos:
1. Como ocurre con todas las nuevas tecnologías, es muy probable que la inmortalidad sea accesible primero para los ricos. Y esto puede significar que las desigualdades se hagan aún más pronunciadas. Pero el bioético inglés John Harris recuerda que esto ya pasa. La esperanza de vida en España es de más de 80 años. En Botswana, por culpa del sida, no llega a 40. En Etiopía está por debajo de 50.
Es verdad que la tecnología se suele abaratar con el tiempo. Por ejemplo, hoy en día hay móviles en todo el mundo. Pero, aparte de eso y teniendo en cuenta lo que dice Harris, si solucionamos los problemas que ya tenemos, será más fácil encarar los que, de momento, solo imaginamos.
2. Otro problema: la capacidad de la Tierra. Ahora mismo no hay ningún riesgo de superpoblación, por mucho que algunos fans de Marvel se hayan creído lo de Thanos en Los Vengadores. Hay recursos para todos los que somos y para muchísimos más (de verdad). Pero si nadie muere y sigue naciendo gente en unos siglos sí que podría haberlo.
Para solucionarlo necesitaríamos como mínimo alguna de estas tres opciones:
- Colonias en otros planetas, pero ¿pueden obligarme a mudarme a Marte?
- Un control estricto de la natalidad, pero ¿me pueden obligar a no tener hijos?
- O la ejecución de todos los que vivan más de cierta edad, pero ¿aparte de lo obvio, para este viaje hacían falta tantas alforjas?
3. ¿Podríamos vivir en la nube? Hay otra opción de inmortalidad que no ocupa espacio, o al menos no tanto, que es la que proponen algunos visionarios de Silicon Valley y la que vemos en la serie Upload de Amazon: hacer una copia digital de nuestra mente y subirla a una realidad virtual donde podremos seguir viviendo para siempre o hasta que alguien tropiece accidentalmente con un cable y desenchufe el ordenador.
Pero:
- No está claro que ni que podamos hacer una copia exacta de nuestra conciencia ni que sea realmente nuestra conciencia, como apunta Daniel Dennett en Bombas de intuición. Quizás nuestra mente no es como una película: una serie de datos que se pueden grabar en una memoria USB y siguen siendo la misma película. Puede que haga falta algo más, no necesariamente un “alma”, pero a lo mejor sí la parte biológica que proporcionan nuestro cerebro y nuestro cuerpo.
Es decir, morir es un problemón. Pero no morirse también.
Jaime Rubio Hancock, ¿Y si fuéramos inmortales?, Filosofía inútil 01/11/2023 |
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