Pessiga't.


Te estás aburriendo. El espectáculo no termina nunca. O la clase no tiene interés. O esperas una llamada que no llega. O no sabes qué hacer, y dudas. El mundo flota en una especie de bruma. Sientes que te estás volviendo inconsistente, como si tu sustancia empezara a perder sus contornos, a expandirse vagamente a tu alrededor. Incluso podrías estar volviéndote cada vez más vaporoso, más acuoso, más ligero. Ya no sabes con exactitud quién eres ni dónde estás. El aburrimiento ha empezado a disolverte.

Pellízcate. Con fuerza, con intensidad. En una parte donde haga daño. Por ejemplo en la cara interna del brazo, el cuello, la ingle. El dolor provocado debe ser breve, pero intenso. Lo suficiente para provocar un grito que, llegado el caso, deberás contener.

Para despistar a tus defensas, actúa deprisa. No te des tiempo para esperar el dolor ni para prepararte a él. Sé brusco. Procura, por así decir, pillarte por sorpresa. Haz todo lo posible por desdoblarte, por no verte venir. El dolor tiene que sobrevenirte como un azar, un accidente, un encuentro repentino. Debe abatirse sobre ti, aparecer fulgurante en medio de tu torpor.

Si la violencia es suficiente, el efecto está asegurado: vuelves a encontrarte con lo real, recuperas el cuerpo, sabes dónde estás, el efecto bruma se disipa, sales del aburrimiento, regresas al mundo.

Solo queda una pregunta sobre la que deberás reflexionar: ¿por qué el sufrimiento puede facilitar el acceso a la realidad? ¿Es un simple efecto de llamada? ¿Es el contraste brusco? ¿O bien es que, a lo largo de los milenios, hemos desarrollado una manera de vivir tal que el dolor se ha convertido en el primer indicio del mundo? Lancinante pregunta.

Roger-Pol Droit, 101 experiencias de filosofía cotidiana, Blackie Books, Barna 2014

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