Quan arriba l'era de la fi del món basat en normes.

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El 22 de enero, en Davos, se presentaron públicamente los primeros planes para la reconstrucción de Gaza. Mientras tanto, Trump presentaba su proyecto de la Junta de la Paz, una institución destinada, en el fondo, a sustituir y puentear a las Naciones Unidas. Las cosas quedaron muy claras: lo que va a reemplazar a la ONU no es sino una macroempresa con un jefe ejecutivo, que, como en una monarquía, tiene nombres y apellidos. Donald Trump será el presidente y será él quien designe a su sucesor. Los miembros de la Junta serán invitados por el presidente por un espacio de tres años a no ser que paguen en efectivo (sic) mil millones de dólares, al menos así constaba en el borrador que se filtró a la prensa. Las entidades subsidiarias serán empresas que invertirán en los países en conflicto para hacer allí negocios desorbitantes, como el que presentó Jared Kushner, el yerno de Trump, respecto de Gaza. 

Todo esto y mucho más marca el comienzo de una nueva era, «el fin de un mundo basado en normas», como dijo el primer ministro de Canadá, Mark Carney. A partir de ahora, según el aforismo de Tucídides, «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». 

Se dirá que siempre ha sido así, porque el imperio del derecho internacional y en gran parte del nacional nunca fue otra cosa que una especie de ficción. Pero hay ficciones imprescindibles que no son irrelevantes. Gracias a esa ficción a la que llamamos «civilización» todavía tenemos cosas tales como la escuela, la sanidad pública o el derecho laboral. En los tiempos que se avecinan comprobaremos cuál es el saldo de haber renunciado a esa ficción internacional de «un mundo basado en normas». 

... el proyecto político de la Ilustración fue muy tempranamente derrotado por el auge del capitalismo. Comenzó entonces lo que podría llamarse la gran broma de la modernidad, una ciudadanía proletarizada, es decir, contradictoria. Sin embargo, incluso derrotada, como un mero disfraz de un imperio económico, la Ilustración logró que ciertas victorias de la razón se volvieran irrenunciables e inolvidables. Y en todo caso, se convirtieron en una brújula para seguir intentando progresar. Es algo que ya estaba previsto en algunos textos de Marx, citados a menudo en el espectro aceleracionista. 

Mientras tanto, todo el universo ideológico de la llamada Ilustración oscura gira en torno a la idea transhumanista del superhombre nietzscheano. Nietzsche es el actual referente de los nubelistas transhumanistas de Silicon Valley que rodean a Trump, lo mismo que lo fue del nazismo. Los camisas pardas de Trump que están provocando una guerra civil en Estados Unidos también buscan sus referentes ideológicos en la historia de la filosofía. 

Lo que Nick Land ha llamado la Ilustración oscura es el intento de dar el tiro de gracia a una Ilustración cada vez más herida e impotente. Peter Thiel y Elon Musk están ya hartos de la ONU y de Greta Thunberg (como no se cansan de repetir), están hartos de fingir que existe un orden internacional y están hartos de las legislaciones nacionales. Están hartos también de la democracia, porque retarda la llegada del superhombre y, sobre todo, entorpece sus negocios. Hay que acabar con la Ilustración incluso como proyecto, incluso como ficción. Es una especie de nuevo asesinato de Sócrates. 

Hegel saludó la Revolución francesa como «la obra de la filosofía». Pero la filosofía no podía gobernar como ya comprobó Platón en sus expediciones a Siracusa. Tampoco se logró nunca que los gobernantes aprendieran filosofía o que, por lo menos, dejaran de matar a los filósofos. Se encontraron fórmulas correctas, grandiosas y esperanzadoras, pero no resultaron compatibles con el capitalismo. La Ilustración tuvo que conformarse con ser una brújula impotente, pero al menos, siguió siendo una brújula. La que en estos días se está haciendo añicos.

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