Calcular l'incalculable.

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En mi ensayo Civilización artificial (2024) hablaba de que el futuro de la IA pasaba por ir del brazo incómodo de la teología. Después de la encíclica Magnifica humanitas de León XIV tendrá que hacerse necesariamente si la humanidad no quiere ser cancelada. Baste decir ahora que Trump ha perdido la guerra a pesar de la abrumadora superioridad de sus sistemas de IA porque no ha podido calcular lo incalculable: ¿qué pesa geopolíticamente el alma? O, si se prefiere, ¿qué valor tienen los datos que deja la espiritualidad que arraiga en la sustancia metafísica de la condición humana? Un factor que no puede descomponerse en datos ni resignificarse con algoritmos, pero que, siendo extraordinariamente significativo, es inaprensible. medida que la IA progresa como algo diseñado para ser alguien consciente pero sin conciencia, que es como la definí en el ensayo que citaba, lo importante para los humanos dejará de estar en la consciencia para desplazarse a la conciencia. Una distinción moral que marcará una diferencia sobre la que podrá asentarse la superioridad humana sobre la IA. Será cualitativa y tendrá que enraizarse en la sabiduría que proporcionan los pensamientos meditativo y simbólico a los humanos. Por ambos discurren los misteriosos recovecos que nos abren a lo sagrado y que tienen que ver con la capacidad de creación simbólica que tenemos los seres humanos. Un territorio afirmado sobre la condición humana al encontrarse los puentes metafóricos que comunican lo terrenal y lo trascendente.


Por eso, la encíclica ha recordado a Silicon Valley que, si quiere cancelar las almas, tendrá enfrente a la Iglesia. Las creencias agrupan al 75% de la humanidad, siendo los cristianos la comunidad más numerosa y, dentro de ella, la de los católicos. Un movimiento estratégico de León XIV, que se resiste a que siga desarrollándose una IA mefistofélica que quiere cortar los lazos personales que nos atan a nuestra identidad más auténtica. Aquellos que permiten comunicarnos con nosotros mismos desde más allá de las limitaciones del lenguaje literal y que otorgan a los humanos una ventaja que explica por qué ha sido derrotada una superioridad tecnológica norteamericana, utilitaria y nihilista, frente a otra inferior, pero manejada desde una condición humana donde­ las almas pesan para el chiismo como­ un valor cualitativamente inaprensible. Un factor moral decisivo y que fundará una prevalencia humana sobre la máquina a medida que crezca como una alteridad artificial potencialmente consciente.



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