Paradoxa sorites (paradoxa del munt)
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Eubúlides de Mileto planteó hace casi veinticinco siglos su célebre paradoja del montón que ilustraba magistralmente el problema de nuestra limitación semántica para referirnos a la realidad. Las palabras son contenedores que se pretenden estancos pero que tienen constantes fugas de realidad: Si retirar un solo grano de arena no basta para que un “montón” deje de ser un “montón”, ¿en qué momento exacto un montón de arena deja de serlo? Necesitamos conceptos discretos para orientarnos, comunicarnos y pensar, pero la realidad carece muchas veces de fronteras tan nítidas. Las entidades delimitan sus confines en función del criterio con el que se interpreten. Y, aun así, el criterio en muchas ocasiones dibuja contornos difusos, fronteras desdibujadas y líquidas entre lo que llamamos materia y vida, entre lo que es natural y lo que es cultural, entre lo que es instintivo y lo que es racional, entre una posible causa y el resto de las que suelen acompañarle.
En realidad, la multiplicidad de criterios suele mostrarnos gradientes continuos sobre los que nuestro lenguaje ensaya cortes, simplificaciones, mediante etiquetas aparentemente precisas o niveles claramente inteligibles y asequibles. A la economía de nuestro caro cerebro le encantan los patrones sencillos que pueda interpolar, los mapas que simplifican el territorio. Pero, aunque no podamos permitirnos caer por la pendiente resbaladiza y su falacia que todo lo nivela e interconecta de forma plana, la realidad hipercompleja muchas veces se muestra mucho más caótica, difusa y conectada que lo que a nuestra limpia arquitectura conceptual le gustaría.
Para tratar de desmadejar estos embrollos Hume propuso que debemos desprendernos de la superflua metafísica y que lo que no sean verdades a priori — como las de las matemáticas — o verdades fundadas en la experiencia directa deben ser arrojadas al fuego. Pero eso no basta. Porque conceptualizar la simple experiencia o la abstracción matemática requiere a su vez de conceptos. Bien lo sabía Hanson que hablaba de aquella carga teórica que lleva toda simple observación, que nunca está libre de interpretación. Y para realizarla, no puede tampoco perderse de vista que las ideas y las palabras se encuentran profundamente maniatadas.
Parece, por eso, conveniente escuchar a Wittgenstein — y a muchos de sus herederos, principalmente enmarcados en la filosofía analítica — y comprobar, una vez más en este caso, que muchos problemas filosóficos no son problemas reales sobre el mundo, sino enredos producidos por el lenguaje. Pseudo-problemas metafísicos bajo cuyo disfraz se esconden disputas semánticas. Singularmente cuando se tensan para tratar de describir un fenómeno nuevo como el del comportamiento inesperado de un enjambre de agentes de IA.
El propio Wittgenstein, tras experimentar una suerte de conversión en sus convicciones, ya apuntó a que el significado de los conceptos podría proceder de la totalidad difusa de los usos que les damos. El lenguaje no es estructura que se corresponde con el mundo con arreglo a una batería de sentidos, sino que cada significado compone una suerte de “racimo” de sentidos que vamos aprendiendo y enriqueciendo constantemente dentro de la comunidad lingüística en la que estamos sumergidos. Significados que aparecen en el juego de palabras con el que constantemente interactuamos con el mundo y, especialmente, entre nosotros.
El debate de estos días forma parte de ese juego en un terreno resbaladizo o tan quebradizo como unas arenas movedizas. Porque cuando la ciencia avanza o el desarrollo tecnológico alumbra nuevos fenómenos, ambos necesitan recurrir a términos y conceptos que al menos instrumentalmente les permitan tratar de entender el funcionamiento del mundo, ya sean neologismos o palabras existentes que arrastren su respectiva carga teórica, su connotación histórica y sus analogías. De las metáforas excesivas debemos cuidarnos, pero sin ellas no podemos articularnos: se hallan detrás de casi todas las palabras. Y estos conceptos se pelean, al menos, por ganar verosimilitud, pertinencia y aceptación. Siempre a costa de simular, cual cama de Procusto, una clausura tentativa de realidades.
Javier Jurado. El gradiente incómodo de la antropomorfización de la IA, Ingeniero de Letras 05/09/2026

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