Intel·ligència i sistema.
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Durante décadas hemos imaginado la inteligencia como una propiedad localizada. Algo parecido a la velocidad de un procesador. ¿Es este cerebro más potente? ¿Calcula más deprisa? ¿Obtiene mejores puntuaciones?
Sin embargo, la modularidad nos obliga a cambiar completamente el enfoque de nuestras preguntas. No importa únicamente cuánto calcula un cerebro. Importa cómo organiza sus cálculos.
Es un cambio de perspectiva parecido al que ha vivido la biología. Durante mucho tiempo pensamos que los genes explicaban prácticamente todo. Después descubrimos que dos organismos con genes muy similares podían desarrollarse de formas muy distintas dependiendo de cómo esos genes interactuaban entre sí y con el entorno. La atención dejó de centrarse únicamente en los componentes. Empezó a dirigirse hacia las relaciones.
Con el cerebro está ocurriendo algo parecido. Quizá la inteligencia no dependa únicamente del talento de cada neurona, del mismo modo que una orquesta no depende únicamente del virtuosismo de cada violinista. Depende de la coordinación. Depende de la arquitectura. Depende del patrón de interacciones.
En diversos campos del conocimiento, la ciencia lleva décadas encontrándose con esta misma sorpresa una y otra vez.
Por ejemplo, en economía, Friedrich Hayek explicó que ningún planificador posee toda la información necesaria para dirigir una sociedad compleja. El conocimiento está distribuido entre millones de personas. El orden económico emerge precisamente porque nadie controla el conjunto.
En lo tocante a la inteligencia artificial está sucediendo algo parecido. Durante años se intentó construir programas mediante reglas cuidadosamente escritas por expertos. Pero los resultaron fueron insuficientes. Los grandes modelos de lenguaje tampoco contienen un plan maestro. Lógica, gramática, ironía, traducción o programación… esas capacidades no han sido programadas explícitamente mediante conjuntos de reglas. Un LLM no contiene un conjunto de instrucciones del tipo «esta es la gramática inglesa», «así funciona la ironía» o «estas son las reglas de Python».
Durante el entrenamiento aprenden enormes cantidades de parámetros a partir de regularidades presentes en los datos y, de la interacción entre todos esos elementos, aparecen capacidades que no han sido especificadas una por una por sus diseñadores. La competencia reside menos en cada componente que en la organización del conjunto.
En neurociencia sucede algo parecido. Una neurona aislada no entiende una sinfonía. No comprende una broma ni sabe quién es tu madre. Podemos encontrar neuronas extraordinariamente sensibles a determinados rostros, conceptos o estímulos, pero eso no significa que el significado resida dentro de ellas. La comprensión aparece en la actividad coordinada de redes de neuronas.
Vivimos rodeados de sistemas en los que el conjunto exhibe propiedades que no encontramos en sus componentes por separado. Y, sin embargo, seguimos empeñados en buscar la inteligencia dentro de las piezas, como si desmontando el mecanismo hasta su unidad más pequeña fuéramos necesariamente a encontrar allí aquello que solo existe cuando las piezas se relacionan.
Los exámenes se parecen poco a la vida. En un examen existe una respuesta correcta. En la vida casi nunca la hay.
Elegir una profesión. Fundar una empresa. Invertir. Cambiar de ciudad. Casarse. Aceptar una oferta. Ninguna de esas decisiones admite una solución demostrable. Todas se toman bajo un estado de incertidumbre.
Frank Knight distinguía hace un siglo entre riesgo e incertidumbre. El riesgo puede calcularse. La incertidumbre, no. Sabemos la probabilidad de obtener un cinco al lanzar un dado. No sabemos cuál será la tecnología dominante dentro de veinte años.
Quizá una parte importante de la inteligencia consista precisamente en navegar ese océano de incertidumbre, más que en resolver acertijos lógicos cuya respuesta ya existe de antemano.
Eso no significa que el cociente intelectual deje de importar. Décadas de investigación muestran que el CI continúa siendo uno de los mejores predictores individuales del rendimiento escolar y profesional. Pero quizá no sea el protagonista de la historia. Quizá sea únicamente una manifestación superficial de una organización mucho más profunda.
En ese sentido, hay otro detalle que merece atención. El estudio habla de ingresos personales. No de riqueza. Ni de felicidad. Ni de creatividad. Ni de sabiduría.
Los ingresos son el resultado de una maraña de variables que resulta extraordinariamente difícil desenredar. Importan el país y la familia en que nacemos, la educación, la personalidad, el sector económico, las redes sociales, las oportunidades disponibles, el momento histórico y también una dosis nada desdeñable de azar. Encontrar una relación entre determinadas características cerebrales y los ingresos no significa, por tanto, haber encontrado en el cerebro la causa de los ingresos.
Hay además un problema de generalización. La muestra era muy reducida, procedía de un contexto cultural concreto y estaba formada exclusivamente por hombres. Estamos muy lejos de saber si el mismo patrón aparecería en mujeres, en otras sociedades o en personas sometidas a estructuras económicas distintas. Mucho menos de haber encontrado una especie de firma cerebral universal del éxito.
Y, sin embargo, el estudio sigue siendo apasionante, quizá precisamente porque no demuestra lo que parecía destinado a demostrar y porque, en esa especie de fracaso lateral que conocen bien la ciencia, las novelas de Thomas Pynchon y ciertos experimentos de física que terminan encontrando una cosa mientras buscaban otra, señala hacia un territorio donde empiezan a converger disciplinas que durante décadas habían conseguido ignorarse con bastante eficacia.
Porque tal vez llevemos mucho tiempo buscando la inteligencia en el lugar equivocado. Tal vez la inteligencia no esté en las cosas. Tal vez esté entre ellas.
Durante siglos hemos perfeccionado una metodología basada en la convicción, razonable y extraordinariamente productiva, de que comprender algo significa desmontarlo: primero el organismo, luego el órgano, la célula, la molécula, el átomo, las partículas elementales; el gen, la neurona, el potencial de acción, la descarga de neurotransmisores a través de una hendidura sináptica de unas pocas decenas de nanómetros. Hemos descendido por la materia como quien desmonta uno de aquellos radiocasetes Nakamichi de los años ochenta convencido de que, en algún punto debajo de la última placa de circuito impreso, tiene que aparecer la canción.
Y el método funciona. Hasta que deja de funcionar.
Desmontas un reloj y encuentras ruedas dentadas, muelles, rubíes sintéticos, un escape de áncora: componentes cuya cooperación explica razonablemente bien por qué las agujas avanzan. Pero desmontas un huracán y obtienes vapor de agua, gradientes de presión, transferencia de calor, efecto Coriolis y moléculas de nitrógeno que no contienen, por separado, nada remotamente parecido a un huracán. Desmontas una colonia de Solenopsis invicta y consigues miles de insectos de unos pocos milímetros, cada uno equipado con un sistema nervioso que resultaría ofensivamente modesto comparado con el de cualquier mamífero, pero la colonia (sus rutas, sus decisiones, su arquitectura, esa inteligencia sin inteligencia que parecía existir unos segundos antes) ya no está.
Y si desmontas una mente encuentras neuronas. No encuentras un pensamiento.
Encuentras membranas fosfolipídicas, axones, dendritas, canales iónicos, impulsos eléctricos, proteínas receptoras y quizá, flotando sobre todo aquello como el fantasma de una canción después de apagar el equipo, el recuerdo de que alguna vez hubo allí alguien pensando en algo.
Ese podría ser el detalle verdaderamente perturbador del estudio. El cociente intelectual no habría dejado de ser importante, ni siquiera habríamos encontrado una manera más sofisticada de medir aquello que durante más de un siglo hemos intentado comprimir en una cifra, con esa fascinación administrativa por los números que conduce desde los tests de Alfred Binet hasta los rankings universitarios y las estrellas que Netflix coloca debajo de una película.
Lo perturbador sería descubrir que estábamos mirando en el sitio equivocado.
Que la inteligencia no sea una sustancia almacenada dentro de un individuo, como la gasolina dentro de un depósito o los gigabytes dentro de un SSD, sino un fenómeno que aflora cuando determinadas partes se relacionan de determinada manera y que desaparece en cuanto destruimos esas relaciones para examinarlas por separado; lo cual significaría que llevamos aproximadamente un siglo perfeccionando instrumentos para medir con extraordinaria precisión algo que quizá nunca estuvo exactamente allí.
Tal vez hayamos estado midiendo la altura de las olas. Clasificándolas. Comparándolas. Asignándoles percentiles y desviaciones estándar y nombres. Mientras debajo, invisibles y enormes, las corrientes oceánicas determinaban hacia dónde se movía el mar.
Sergio Parra, Tal vez tu cociente intelectual nunca fue el protagonista de tu prosperidad, Sapienciología 07/09/2026

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