Jean-Luc Nancy i la identitat dels cossos.






Nancy, que fue muy amante de las paradojas, no deseaba romper con la identidad personal, sino con una comprensión compacta de la misma. En realidad, la reserva frente a lo compacto es su método de producción de pensamientos. Más que idéntico, lo que sería trivial, el ser humano es singular/plural. No puede dejar de ser uno y lo otro. Lejos de la radicalidad de Deleuze, Nancy juzga que el cuerpo siempre está en relación con otros cuerpos, y nunca es indivisible; pero en lugar de disolverse en la relación infinita con otros, mantiene una permanencia que permite la reunión de esos opuestos de ser uno y muchos.

La relación de los cuerpos siempre está abierta, pero a la vez siempre está cerrada desde la ley de no ser rozado, la impresión de sacralidad que produce tocar otro cuerpos. No es que el ser humano sea como dice la fábula del erizo. Es que la relación es apertura y al mismo tiempo miedo al tacto, como decía Canetti. En ningún aspecto se verifica mejor esta situación que en la sexualidad. Se supone que es el momento de máxima apertura y al mismo tiempo de máximo repliegue sobre sí mismo, y por eso, el permiso por el que revocamos la prohibición de tocar al otro en cualquier momento puede clausurarse, reemerger la prohibición y pronunciarse el no. Entonces dejan de hablar los cuerpos y resuena una voz misteriosa que procede de más allá de ellos, de su afuera. Esa voz es como un cuchillo y separa.

La comunicación de los cuerpos no puede disciplinarse en esferas de acción y por eso las instituciones están sometidas permanentemente a su desborde. Pero para garantizar esa apertura, debe ser desbordada, como dice Nancy, toda idea de comunidad que mantenga férreamente institucionalizadas las formas comunicativas, que haya prefijado el régimen de las voces, de las relaciones, de las conversaciones. Por eso, en buena medida Nancy es para nosotros el pensador de la comunidad, pero de una que debe ser tenida en cuenta como punto de partida de su propio trabajo de disolución, considerándola desde un afuera no integrable en ella. No se puede cerrar, porque nunca está verdaderamente fundada. Un aviso, desde luego, contra los nacionalismos.

Una vez más vemos que nada puede ser presentado como compacto. Este pensamiento es el que orienta lo productivo de la deconstrucción en Nancy. Ésta sería el método de reconducirlo todo a su verdadera condición de incompleto, defectivo, ‘en partance’, o como dice esta columna, ‘De paso’. En este sentido, la deconstrucción sería una forma de reducir el programa ideológico de presentar algo como fundamentado. Desde esta perspectiva, nada sigue siendo más necesario hoy, si apreciamos el aumento continuo de tipos humanos que vuelven a ser compactos, absolutos, cerrados, aferrados a un régimen de relaciones excluyente, que aspira al imposible de relacionarse solo consigo mismo.

José Luis Villacañas, Jean-Luc Nancy, 'in memoriam', Levante 29/08/2021


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