"Qui no es mou, no se n'adona de les seves cadenes" (Rosa Luxemburgo)
Por qué razón es necesaria, como señala el título del último libro de
Josep Ramoneda, la (o una, o alguna) izquierda? Muy sencillo. Porque
grandes sectores de la ciudadanía se han quedado sin referencia política
alguna. El entero espectro político se ha desplazado hacia las
posiciones tradicionalmente consideradas como conservadoras, con el
resultado que todo el mundo conoce: la más mínima propuesta de cambio en
el statu quo ha pasado a ser calificada como radical, cuando no
directamente antisistema. Un primer efecto colateral de dicho
desplazamiento ha sido que el horizonte de la izquierda reformista ha
dejado de ser en sentido propio el de reformar, para pasar a ser el de
intentar conservar al menos lo sustancial de lo que había (pongamos por
caso, determinadas estructuras del Estado de bienestar), abandonando por
completo toda expectativa de transformación de la sociedad que pudiera
parecer que, ni remotamente, osaba cuestionar cosas tales como el
régimen de propiedad o se atrevía a plantear otra organización del
trabajo.
| Rosa Luxemburgo |
Un segundo efecto colateral del desmoronamiento de cualesquiera discursos globales de pretensión transformadora vendría representado por el hecho, constatado hasta la saciedad, de que en el presente las diferencias entre las diversas opciones políticas han pasado a ser cada vez más irrelevantes, resultando en la práctica tales opciones a menudo indistinguibles unas de otras. Ciertamente, en la medida en que los objetivos a muy largo plazo apenas cumplen otra función que la meramente ornamental y en ningún caso resultan vinculantes, aquellos medios, tradicionalmente contrapuestos a los fines, han devenido los nuevos y auténticos fines (si se prefiere, a esto se le podría denominar apoteosis del tacticismo).
Es probable que un tercer efecto colateral, relacionado de manera íntima
con el anterior, sea la extremada volatilidad con la que aparecen y
desaparecen en la esfera pública horizontes y propuestas presuntamente
estratégicas (desde la comunidad autónoma en la que yo vivo —Cataluña—
esto se ha percibido últimamente con notable claridad). La clave de este
último efecto radicaría en el adverbio “presuntamente”. Porque, rotos
los efectivos vínculos entre objetivos a corto y a largo plazo, e
independizados aquéllos de cualquier servidumbre finalista, éstos ya no
pueden cumplir la antigua función de marcar y, en su caso, corregir la
dirección del proceso. En lugar de ello, sirven al exclusivo propósito
de legitimar, de manera puramente retórica, los cambiantes movimientos
tácticos del presente.
La condensación de todos estos efectos tiene inmediatas y claras
consecuencias en nuestro imaginario colectivo. Una de las más destacadas
sería la generalización del tópico según el cual no hay nada que hacer
(asunto abordado por el propio Ramoneda en su anterior libro Contra la
indiferencia). Este derrotista convencimiento se ha generalizado tanto
que hoy, por decirlo con las palabras de Fredric Jameson, resulta “más
fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Pensemos,
para concretar algo más lo que estamos diciendo, en el resignado
tratamiento que tiende a hacerse en nuestros días de una realidad que
hasta hace bien poco hubiera sido considerada en la esfera pública un
escándalo intolerable, a saber, el desorbitado e imparable crecimiento
de las desigualdades sociales.
El absurdo de tanta resignación se hace todavía más patente si
pensamos en la evidencia de que nuestro mundo no ofrece muestras
precisamente de enorme fortaleza, sino que proporciona más bien la
imagen de que podría venirse abajo en cualquier momento (¡y pensar que
en los sesenta, cuando el capitalismo no estaba en absoluto en crisis,
era habitual tropezarse con textos que hablaban, con desarmante
desenvoltura, de la revolución socialista como algo que estaba en el
orden del día!, ¡ay, estos intelectuales…!). Ello hace más urgente, si
cabe, la tarea a la que nos emplaza Ramoneda, en sintonía en muchos
momentos con algunos de los autores más lúcidos del pensamiento crítico
actual (como Giorgio Agamben, Chantal Mouffe, Jacques Rancière, Nancy
Fraser o Étienne Balibar). Se trata, entre otras cosas, de ser capaces
de leer adecuadamente, en los indicios del presente, la posibilidad de
que se pueda abrir una nueva época para las luchas sociales y, en esa
misma medida, para la izquierda. A fin de cuentas, la revitalización de
diversos movimientos activistas y la propia contestación ciudadana en
cientos de ciudades en todo el mundo constituyen, si más no, sólidos
elementos para pensar que, aunque con toda probabilidad no estemos en
condiciones de derrocar a este capitalismo financiero que impone su ley
por todas partes, no por ello hemos de renunciar a defendernos de sus
desmanes.
Un infatigable e ilustre luchador de este país, Carlos Jiménez
Villarejo, recordaba hace escasas semanas en una asamblea de
trabajadores de la sanidad pública catalana, concentrados contra la
política de recortes del Gobierno catalán, la frase de aquella gran
revolucionaria que fue Rosa Luxemburgo: “Quien no se mueve, no se da
cuenta de sus cadenas”. Y ya que quienes debieran (esto es, aquellos a
quienes se lo encargamos) no parecen dispuestos a hacerlo, tendremos que
emprender la tarea por nuestra cuenta. Movámonos para liberarnos de las
cadenas que nos inmovilizan en muy diversos planos, incluidos el del
conocimiento y el de las iniciativas políticas de todo orden. No sé si
por primera vez en la historia, pero sí al menos por primera vez en
mucho tiempo, los intereses de muchos —incluso los de algunos sectores
tradicionalmente enfrentados— podrían coincidir en la medida en que es
nuestra supervivencia misma como sociedad lo que empieza a estar en
juego. Seamos conscientes de ello, no nos peleemos (o peleémonos en
pieza separada) por lo que solo tiene la apariencia de urgente, y
concentrémonos en lo realmente importante. Y nada importa más en este
momento, en estos tiempos de dolorosa incertidumbre, que entender lo que
nos pasa y aliviar en lo posible tanto sufrimiento como hay alrededor
nuestro.
Manuel Cruz, Desde la izquierda, Babelia. El País, 05/01/2012
La izquierda necesaria. Josep Ramoneda. RBA. Barcelona, 2012.
219 páginas. 23 euros.
Pensar desde la izquierda. Agamben, Rancière,
Badiou, Zizek, Balibar, Fraser, Negri, Mouffe, Hardt… Varios
traductores. Errata Naturae. Madrid, 2012. 397 páginas. 22,90 euros.
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