Preferir el sentit a l'exactitud.




La idea de que el yo es, en gran medida, un relato sobre uno mismo ha dejado de pertenecer solo a la filosofía o a la literatura. La neurociencia de las últimas décadas la ha estudiado con detalle. El cerebro no archiva la vida: la reconstruye cada vez que la recordamos, y en esa reconstrucción la modifica, casi siempre sin que nos enteremos.

El experimento más famoso sobre el tema sigue siendo el del cerebro dividido. En los años sesenta, Michael Gazzaniga estudió a pacientes a los que, para tratar una epilepsia grave, se les había seccionado el cuerpo calloso, el haz de fibras que une los dos hemisferios. Cada hemisferio podía recibir información distinta sin que el otro se enterara. Cuando preguntaba al paciente por qué había elegido un objeto que solo el hemisferio mudo había visto, el hemisferio que sí hablaba —incapaz de saberlo— no admitía su ignorancia. Inventaba en el acto una explicación verosímil, y se la creía. Gazzaniga llamó a ese mecanismo “el intérprete”. Su función, dedujo, no es la veracidad, sino la coherencia. Construir un yo legible cueste lo que cueste, incluso a costa de los hechos. Esto nos suena, ¿verdad?

Décadas después, Anil Seth lo formuló de manera memorable en Being You (2021): la percepción es una alucinación controlada. El cerebro no recibe pasivamente el mundo, lo predice; emite hipótesis y solo corrige cuando el error sensorial es lo bastante grande. El yo, según esta lectura, es uno más de esos modelos. Útil, fiable a efectos prácticos, pero modelo, al fin y al cabo. Antes, William Hirstein, en Brain Fiction (2005), había mostrado lo mismo desde la clínica: cuando una lesión cerebral abre un hueco en la información disponible, el cerebro lo rellena con una historia plausible. Lo llamamos confabulación cuando ocurre en consulta, pero el mecanismo no es exclusivo de la enfermedad. Es la jornada laboral del cerebro sano.

¿Qué se deduce de todo esto para los demás, para los que no están en consulta? Quizá una forma más sobria de escuchar y de leer las historias personales. Cuando un familiar repite una historia con múltiples variaciones, cuando un amigo recuerda mal una escena que asombrosamente vivimos junto a él, cuando nosotros mismos nos descubrimos contándonos una versión demasiado amable del pasado, no estamos asistiendo a una falla moral. Asistimos al funcionamiento normal de un órgano que prefiere el sentido a la exactitud. Para lo otro ya están los historiadores, los investigadores y su inabarcable intento de comprender la complejidad del mundo. Ahí sí que tendremos que exigir exactitud, veracidad y método científico. Ante un paciente que sufre, perseguir la verdad no ayuda. El narrador no es del todo fiable, pero es el único que tenemos delante. Y lo mejor que podemos hacer por él, en buena clínica y en buena vida, no es desenmascararlo. Es acompañarlo a escribir mejor.

Guillermo Lahera Forteza, El yo, ese narrador poco fiable, El País 01/08/2026

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