La paradoxa de la intel·ligència.

Henri Bergson


La artificialidad de la inteligencia es fundamentalmente materia esquematizada. Sin embargo, la inteligencia tiene la tendencia a liberarse de los constreñimientos de la materia actuando en contra de esta a fin de esquematizarse. Henri Bergson distingue la inteligencia del instinto, puesto que solo la primera es capaz de fabricar herramientas y herramientas para fabricar herramientas. Es decir, que el ser humano fue antes homo faber que homo sapiens.[1]Bergson establece luego una correlación entre inteligencia y materia, y sugiere que el desarrollo de la inteligencia es fundamentalmente una geometrización de la materia.

Esta definición de la inteligencia y de su desarrollo introduce una tensión en la filosofía de la vida que elabora Bergson. Por un lado, Bergson quiere superar este geometrismo –que puede ser considerado también como mecanicismo o mecanización– regresando a una filosofía de la vida basada en el concepto de ímpetu vital [élan vital], de manera similar a como anteriormente había opuesto el espacio abstracto a la duración real. El ímpetu vital distingue al organismo del mecanismo: este último intenta explicar la vida sin la vida, por eso ignora el fundamento a partir del cual ella emerge. El ímpetu vital no puede ser objetificado o cosificado; es una fuerza creadora que hace posible la exteriorización de la inteligencia en forma de herramientas y la interiorización de herramientas en forma de órganos. La inteligencia, a través de la invención de herramientas, posibilita la complejización del organismo mediante la adición de órganos exteriorizados. Por otro lado, a través de la geometrización (que constituye una forma rígida de esquematización), la inteligencia exteriorizada, aunque temporalmente confinada a la materia, llega también a liberarse de esta, o más precisamente, se dota a sí misma de la capacidad de ser transferida de una materia a otra –una forma moderna de transustanciación–. Esto le da a la inteligencia artificial la capacidad de producir mutaciones más vastas y más rápidas que la inteligencia humana, un hecho que el propio Bergson reconoció.[2]

Encontramos aquí una paradoja de la inteligencia. En tanto la inteligencia se exterioriza constantemente para interiorizar sus propios productos –en una dinámica similar a lo que Hegel llamó la “astucia de la razón”–, puede ocurrir que ella fracase en el intento de reintegrar su exteriorización y termine viéndose amenazada y subordinada a sus propios productos. De allí la “conciencia desventurada” que se manifiesta hoy como pánico a la desocupación generalizada, la derrota de lo humano y el consiguiente resurgimiento de una política reaccionaria. Resulta casi evidente para nosotros que, a la larga, la inteligencia de las máquinas acabará por suplantar a la inteligencia humana en toda función cuantificable, cuestionando así el concepto de ímpetu vital en cuanto exclusivamente atribuible a la vida orgánica, como ya lo hizo la cibernética en el siglo XX.


[1] Ver Henri Bergson, La evolución creadora, Buenos Aires, Cactus, 2016, pp. 126-129. “En definitiva, la inteligencia, considerada en lo que parece ser su marcha original, es la facultad de fabricar objetos artificiales, en particular herramientas para hacer herramientas, y de variar indefinidamente su fabricación” (p. 129).

[2] Ibíd.


Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

L'argument de la simulació de Nick Bostrom.

Percepció i selecció natural 2.

Què volen els "teapartyers"?