"Arriba el moment de l'exemplarietat igualitària" (Javier Gomá Lanzón).



Javier Gomá Lanzón: El “genio” del siglo XX -su hallazgo más elevado, genuino, creador y original- ha sido doble: la igualdad y la finitud (finitud que también puede decirse contingencia, secularización o historicidad). Sólo últimamente se ha comprendido que lo esencial en el ser humano es una misma y común dignidad que a todos nos iguala, siendo todas las diferencias individuales meras notas accidentales respecto a esa dignidad compartida esencial. Si todos somos iguales, el mundo debe regirse por acuerdos adoptados democráticamente por esos ciudadanos iguales, acuerdos que son históricos, cambiantes y contingentes, como todo lo humano. De ahí la íntima conexión entre igualdad y finitud. La reciente alianza de estos dos vectores ha producido el desmantelamiento de los fundamentos de la sociedad jerárquica, autoritaria y patriarcal que ha dominado la cultura occidental desde sus mismos albores. Y este hecho afecta también a la historia de la ejemplaridad, que ha sido durante milenios una ejemplaridad aristocrática personalizada en una minoría selecta que se proponía a sí misma como modelo de conducta para el resto de la sociedad, una minoría que además poseía la autoridad que confería la coacción jurídica y política, el dinero, la posición social y la educación. Ahora, el citado principio de facticidad, esa red de influencias mutuas, nos enseña que todos somos igualmente ejemplo para todos, sin jerarquías de partida, sin estamentos de origen. Llega el momento de la ejemplaridad igualitaria. La ejemplaridad no viene ya asociada a cuna, sangre, estatus, raza, género, creencia, educación esmerada o título académico. La coacción propia de las sociedades estamentales es sustituida por la persuasión propia de las sociedades igualitarias. Son los otros quienes te conceden autoridad, no la posee uno mismo ex nativitate. Y te la conceden por una especial legitimidad de ejercicio, por un modo de ejercer la potestad, la que sea. Y nada más persuasivo que una legitimidad de ejercicio fundada en una ejemplar forma de usar esa potestad. Las redes sociales son moralmente neutras: como un cuchillo, que puede ser utilizado para cortar el pan y compartirlo con el prójimo necesitado o para clavarlo en el pecho de éste. Ahora bien, las redes han traído una nivelación y una igualdad que yo aplaudo. Ahí cada uno sigue a quien quiere y es seguido por quien quiere, y cada uno dispone de las mismas oportunidades. Tomémoslo como una manifestación de esa civilización democrática que se está gestando y a la que se dirige el ideal de una ejemplaridad igualitaria y secularizada.


En la ejemplaridad aristocrática hay dibujada en la realidad social una raya que separa a la minoría selecta y la masa, que, según Ortega, no tiene más obligación que la docilidad. No la responsabilidad, ni la crítica, ni la emancipación: la docilidad. Unos, los menos, llamados a la ejemplaridad; los otros, los más, a la obediencia masiva y a la mansedumbre. En la ejemplaridad igualitaria la raya no se dibuja en la sociedad sino en el corazón de todos y cada uno de los ciudadanos: todos y cada uno de los ciudadanos deben elegir en su corazón entre la ejemplaridad y la vulgaridad moral. Todos llamados igualmente a la excelencia. Si ese imperativo se cumpliera, se realizaría el ideal de la mayoría selecta, que contrapongo al de la minoría selecta de Ortega. Imaginemos una mayoría social de gente dotada de buen gusto, es decir, de gente que, por la educación de su corazón, eligiera lo bueno sin necesidad de premio y repugnara lo malo sin miedo al castigo, sino por inclinación, por estilo de vida, por respeto a uno mismo. Esa sociedad sería mejor moralmente y más viable que una regida exclusivamente por la coacción legal. El problema es que Weber (y en el Derecho Kelsen) entiende que, de las tres fuentes de legitimidad del poder, dos de ellas (carisma y costumbre) pertenecen al estadio premoderno de la cultura mientras que la modernidad se ha fundado exclusivamente en la ley formal. Ahora bien, una ley formal sin carisma y sin costumbre acaba convirtiendo a la sociedad, como el propio Weber admitió al final, en una jaula de hierro. Las democracias contemporáneas acusan ese «desencantamiento del mundo» que el gran sociólogo alemán pronosticó y que haría de ellas un espacio potencialmente invivible. Estaría, pues, pendiente un neo-encantamiento de la cultura que presentase a la democracia en su atractivo y que pusiera en juego todo su poder de transformación. Las fuentes tres principales fuentes disponibles para esta misión de nuevo encantamiento de la cultura democrática son las dos desechadas por Weber (el carisma y la costumbre) más el arte. El carisma es un halo que rodea a aquellas personas que exhiben una particular ejemplaridad, vidas atractivas y admiradas, capaces de innovar en el estado de las cosas, que se imponen sin necesidad de coacción por la persuasión de su ejemplo. Cuando ese modelo de conducta se generaliza socialmente se producen costumbres, las cuales, cuando se trata de «buenas costumbres», constituyen el elemento más cohesionador que existe dentro de una sociedad, por encima incluso de las leyes. Por último, el arte, que tiene la virtud de dulcificar y aliviar, mediante la belleza y el placer estético, los gravámenes que son inherentes a una civilizada vida en común. Con el concurso de carisma, costumbre y arte, repensados en el contexto de una cultura democrática, igualitaria y secularizada, se puede inducir al corazón del ciudadano a elegir la civilización en lugar de la barbarie y así a poner las bases de una mayoría selecta.

José Luis Coronado, Entrevista a Javier Gomá , INED 21,  28/12/2014

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