L'escepticisme sobre la pròpia ment.
"Conócete a ti mismo", mindfulness, meditación, prácticas de introspección, escrituras de diarios íntimos, gimnasias mentales para encontrar un "yo" allí donde la cotidianeidad no deja tiempo más que para el trabajo y las series. Paradojas del tiempo: la industria del "yo" forma parte sustancial del PIB a la vez que la cultura y el pensamiento contemporáneos se han convertido en suspicaces radicales sobre el autoconocimiento. Ensimismarse en la oscuridad, buscar ayudas para conocerse o simplemente dejarse llevar por la corriente de las cosas de la vida.
Lidiar con el escepticismo de sí es enfrentarse al gran supuesto de la Ilustración que es la autonomía, desarrollado en el proyecto de Estado liberal en sus versiones francesa, hegeliana o del republicanismo anglosajón. El punto filosófico es si la autonomía exige autonomía intelectual y si esta exige, a su vez, un cierto autoconocimiento. Lo que queda en duda son las bases epistemológicas de este autoconocimiento: ¿son endógenas, resultado del desarrollo de la persona?, ¿son producto dialógico en un entorno de desarrollo social?, ¿son acaso relatos que el individuo se cuenta de sí mismo y que racionaliza autoengaños, akrasias, paranoias y neurastenias varias?, ¿son tal vez interpelaciones de los poderes que crean a través de prácticas veridictivas la ilusión de una mente propia?
La experiencia filosófica moderna nace tres ansiedades epistemológicas: el escepticismo sobre el conocimiento del mundo externo, el escepticismo sobre otras mentes y, más tardíamente, el escepticismo sobre la propia mente. Los dos primeros pueden ser adscritos a Descartes, pues el escepticismo sobre otras mentes cae dentro del desconocimiento del otro. Montaigne y sus Ensayos son la gran primera obra de la sospecha de sí. Las tres ansiedades han llevado a paralelas críticas a la epistemología como empresa (Rorty, antes Heidegger y Wittgenstein). También han llevado a transformaciones internas en la epistemología, hacia una teoría naturalizada, ecológica, agencial, situada del conocimiento, cercana a los datos de las ciencias en su variedad arbórea ocupadas de todo lo vivo dotado de vida mental. Estos párrafos se centran el este tercer escepticismo, característico de lo que con toda precisión llamó Ricoeur filosofía de la sospecha, que adscribió a Marx. Nietzsche, Freud y que llena la filosofía contemporánea.
Junto a la inmensa literatura filosófica, sociológica, antropológica y psicológica que recoge estas ansiedades, junto a experimentos y argumentos, la historia de la literatura y, particularmente, la literatura modernista del flujo de conciencia, el género de los diarios y la autobiografía, por no citar el cine (Rohmer, Antonioni, Bergman) o el género de autorretrato (Rembrandt, Goya, van Gogh) nos ofrecen material de sobra para tomar posiciones en un espectro que alcanza desde las posiciones más ortodoxamente kantianas a las más críticas. El problema del autoconocimiento, sea como realidad o como proceso, es una de las antinomias características de la experiencia personal e histórica contemporánea y por ello un centro de gravedad filosófico.
Quizás la metáfora arquitectónica de Freud ha sido en una primera aproximación la representación más popular de la sospecha: allá abajo hay estancias donde fuerzas oscuras y desconocidas crean los impulsos que, al ser reprimidas y sublimadas en la estancia superior por el poder cultural de la imagen del padre, se convierten en la vida consciente. El sujeto es un producto final de estos procesos, que, por lo demás, le resultan tan ajenos como las reacciones químicas que genera el metabolismo, de las que solo tiene vagas señales de sed, hambre o molestias.
Merece la pena recordar las conocidas primeras palabras de De la genealogía de la moral de Nietzsche para calibrar el ascenso de la sospecha sobre el conocimiento:
Nosotros, los que conocemos, a nosotros mismos no nos conocemos: y hay una buena razón. Jamás nos hemos buscado, ⎼¿por qué un buen día íbamos a encontrarnos? Con razón se ha dicho: «allí donde esta vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón», nuestro tesoro está donde están las colmenas del conocimiento. Seres alados apicultores del espíritu, andamos siempre camino de ellas, solo de una cosa nos ocupamos de todo corazón ⎼de «llevar algo a casa». Respecto de las demás cosas de la vida, por lo que hace a las llamadas «experiencias», ⎼¿quién de nosotros tiene siquiera ganas de verdad?
En Más allá del bien y del mal, en el apartado 17, había dejado claro que lo que estaba en cuestión era la noción misma de sujeto:
“el sujeto «yo» es la condición del predicado «pienso». Ello piensa: pero que ese «ello» sea precisamente aquel viejo y conocido «yo», eso es, por decirlo con suavidad, tan solo una suposición, una afirmación, y sobre todo no es una «certeza inmediata». De hecho, con este «ello piensa» ya se ha dicho demasiado: este «ello» contiene ya una interpretación del proceso y no pertenece al proceso mismo.
En este asalto al sujeto agustiniano-cartesiano, el que dominó el pensamiento occidental por siglos, se entrelazan consideraciones gramaticales, cognitivas, epistemológicas, metafísicas y, cómo no, políticas y morales.
Fernando Broncano, En la oscuridad de la mente, El laberinto de la identidad 02/03/2026
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