La ingenuitat de Habermas





Habermas no era ingenuo: Sabía sobradamente que la deliberación ideal nunca se alcanza plenamente. Que los ciudadanos nunca son suficientemente libres ni iguales. Que bajo la mesa sobre la que se plantean los argumentos, operan no sólo las tripas de nuestros instintos más tribales sino especialmente los intereses que coaccionan más deliberada o más sutilmente nuestras voluntades. Pero su argumento no describía la política tal y como es, sino que desde su posición crítica procuraba establecer un estándar para juzgarla. Para elevar el listón aspiracional y emancipatorio. Si abandonamos ese estándar, la política de facto deja de ser un espacio de razones compartidas y se reduce a la mera lucha por el control del aparato estatal para ejercer y perpetuarse en el poder hasta que pierda credibilidad y cercene su propia legitimidad. Nada que no veamos reflejado en el simple deterioro del discurso parlamentario y mediático. Nada que no estemos viendo en el declive democrático de todo el globo en los últimos años.Pero si Habermas también incomodó y aún lo sigue haciendo es porque buena parte de las corrientes intelectuales que hoy dominan la esfera pública en la que se libran muy distintas y entrelazadas batallas culturales y emocionales bebe de la tradición posmoderna que él combatió con insistencia. Frente a autores que negaban la posibilidad de una racionalidad común, reducían el lenguaje a instrumento de poder y se contentaban con un encadenamiento acrítico de las posibles interpretaciones de todos los discursos, Habermas defendió con vehemencia lo contrario: el lenguaje permite construir razones compartidas entre ciudadanos libres, que alcancen una intersubjetividad racional fecunda. El lenguaje tiene un deber crítico y emancipatorio que va más allá de las constricciones que nos atan a las culturas de las que nace.

El discurso identitario que organiza la política en torno a ese agravio permanente asociado a la ideología woke y que también se practica desde la internacional reaccionaria de la ultraderecha y sus relatos simplistas y conspiranoicos descansa precisamente en la premisa de que ciertos grupos poseen una autoridad moral y epistémica inaccesible para otros. La racionalidad comunicativa que Habermas defendió con ahínco partía de una tesis incompatible con ese planteamiento: no existe un estatus de víctima ni una supremacía cultural que otorguen ninguna ventaja epistémica. Y eso, en una democracia, se traduce en que nadie dispone de un privilegio para no justificar racional y argumentativamente sus afirmaciones ante cualquiera. No hay deliberación real cuando el debate público se enfanga en una competencia de agravios o infundados relatos. Frente al escepticismo posmoderno o al repliegue identitario, cabe la acción comunicativa.

El proyecto de la modernidad y de la Ilustración que tantos quieren dar por finalizado se encuentra, en realidad, inconcluso. Y aunque hubo que espigarlo a través del proceso de la crítica dialéctica que la Escuela de Frankfurt le endosó, no menos crítica merecen los discursos emergentes contra los encomiables logros de la Ilustración de los que Occidente sacó su fuerza y reconocimiento. Ese proyecto inacabado sigue reclamando el avance hacia un patriotismo constitucional posnacional, capaz de superar las tentaciones de la añoranza nacionalista y la resignación y el egoísmo del relativismo individualista. Habermas apostó por un humanismo empeñado en dialogar con las propuestas relevantes de la filosofía y las ciencias sociales, incluida la discusión sobre el papel de las religiones en un mundo postsecular, como emblemáticamente tejió en su diálogo con Ratzinger. Y el diálogo sigue abierto, quizá hacia un cosmopolitismo ecuménico democrático no ingenuo.

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