El jo massa i la maldat.




Milgram reclutó a 40 hombres para participar en una prueba sobre la "memoria y el aprendizaje". Cada sujeto conocía a un "experimentador", el encargado de dirigir el experimento, y a una persona a la que se le presentaba como otro recluta, pero que en realidad era un cómplice de Milgram. Los dos sujetos (el reclutado y el cómplice) se sometían a un concurso para determinar quién jugaría el papel de “maestro” y quién el de “aprendiz”. El sorteo estaba truqueado con el fin de que el cómplice siempre obtuviera el papel de “aprendiz” y el reclutado el de “maestro”. Una vez asignados los papeles, “el aprendiz” era colocado en una silla donde se le conectaban electrodos vinculados a un generador de descarga. A petición del “experimentador”, el “maestro” le formulaba diversas preguntas al “aprendiz”. En caso de responder de manera incorrecta, el “maestro” le aplicaba una descarga eléctrica al “aprendiz”. La intensidad de las descargas aumentaba 15 voltios cada vez que el “aprendiz” cometía un error. El proceso era una simulación: las descargas no estaban conectadas a los electrodos y todo era parte de un montaje diseñado para engañar al “maestro”, quien continuaba con la administración del castigo pese a escuchar los fingidos gritos de dolor del “aprendiz”. Una vez que se cruzaba cierto número de descargas, la víctima le pedía al “maestro” que parara o que tomara en cuenta que tenía una “condición cardiaca”. El “maestro”, no obstante, continuaba con su tarea bajo las indicaciones del “experimentador”, quien lo conminaba a que no parara diciéndole que “no era su responsabilidad” y que “era absolutamente esencial que prosiguiera”. Si bien la mayoría se sintió incómoda al hacerlo, los 40 sujetos obedecieron hasta llegar a los 300 voltios; 25 de esos 40 siguieron dando descargas hasta llegar al nivel máximo de 450 voltios (y en una variación del experimento, el número se disparó a 37). Los expertos pensaban que sólo entre el uno y tres por ciento de los sujetos se mantendría dando descargas. Creían que el reclutado tendría que poseer una naturaleza psicópata para continuar con el castigo. Para sorpresa de todos, el porcentaje final de sádicos fue de 65 por ciento. La conclusión de Milgram: encontramos tranquilidad en hacer lo que se nos dice. El “yo-masa” prefiere obedecer órdenes, sobre todo cuando éstas son impartidas en nombre de un ideal u objetivo mayor (saber más sobre el “proceso de aprendizaje”, en este caso). La gente prefiere someterse a los designios de la autoridad antes que confrontar las dudas de su propia conciencia.

Mauricio González Lara, Marca personal a The Americans: hacemos lo que nos dicen, Letras Libres 30/0472018

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